En la audiencia de divorcio, con ocho meses de embarazo, el juez no me dio nada. Mi marido sonrió con suficiencia, "Veamos cómo sobrevives sin mí." Entonces entró un multimillonario y dijo: "Mi hija está mejor sin ti." Su victoria se rompió al instante.

Me mordí el labio para no llorar.

Entonces las puertas de la sala se abrieron de golpe.

Cuatro hombres vestidos de negro entraron primero, moviéndose con la precisión de seguridad entrenada. Entonces entró una mujer y toda la sala pareció dejar de respirar.

Doña Catalina Aranda.

El inversor más temido de México. Propietario de la mitad del corredor industrial del Bajío. Matriarca del Grupo Aranda. Los periódicos la llamaban la Reina de Hierro.

Llevaba un abrigo blanco de lana, pendientes de perlas y un anillo que captaba la luz. Pero lo que me paralizó fueron sus ojos.

Verde-gris.

Exactamente igual que la mía.

Ella caminó directamente hacia mí, ignorando por completo a Héctor. Su expresión de mármol se agrietó. Las lágrimas llenaron sus ojos al tocar mi mejilla.

"Mi niña", susurró. "Mi hermosa niña... Por fin te encontré."
No podía respirar.

Puso su mano sobre la mía, en mi vientre. Mi bebé pateó. Una lágrima le recorrió la cara.

Luego se volvió hacia Héctor, y la Reina de Hierro regresó.

"Mi hija y mi nieto vivirán mucho mejor sin usted, señor Luján."

Héctor rió nervioso.

"¿Tu hija? Mariana es huérfana. Vi sus registros. Alguien te está engañando."

Catalina levantó una mano.

Seis abogados entraron portando maletines negros.

Uno colocó un expediente grueso sobre el escritorio del juez.